Es viernes 2 de octubre y la RedCom llega a su cierre. Afuera, el movimiento anuncia que algo está por comenzar. Adentro, el espacio desborda. Entran estudiantes, docentes, jubilades y curioses. Las sillas ya están ocupadas y el piso se transforma, de a poco, en otro lugar para sentarse. Cuerpos que se acomodan como pueden, piernas cruzadas, mochilas apoyadas, miradas que buscan un pequeño espacio desde donde escuchar.
Antes de que comience la charla, el SUM ya comunica. Hay murmullos, risas, imágenes, videos. Un pequeño safari de comunicación recorre la antesala. Las voces se superponen y por momentos cuesta distinguir una conversación de otra. La expectativa crece entre quienes esperan a Olga Corna, Alicia Acquarone y Tomás Quintín Palma.
Entonces aparecen unas botas coloridas, atravesadas por la memoria de un pasado circense, avanzan hacia la mesa expositora. Son casi una señal de identidad antes de que llegue la palabra. El público responde con silbidos, aplausos y vítores. El presentador los anuncia como “el comunicador no matriculado” y “las antidivas”. Las risas alivian la solemnidad de una charla que, sin embargo, está a punto de abrir preguntas incómodas.
Tomás comienza a poner sobre la mesa algunos interrogantes. Habla del lugar de la mujer en la universidad pública, de docentes, de jubilades, de las trayectorias que construyen ese espacio. Menciona que el flyer de la disertación está hecho con Inteligencia artificial, y remata diciendo “La IA llegó antes a la charla, que nosotros”.
Mientras la charla avanza, el público escucha, ríe, pregunta. Las ideas circulan por el SUM como si también necesitaran espacio físico para acomodarse. Ya no alcanza con sentarse frente a una pantalla. Hay que recuperar al que está al lado. Construir comunidad vuelve a aparecer como desafío.
Los discursos pueden aglutinar, pero también dispersar. Allí aparecen nuevamente les comunicadores, parades en una especie de bisagra: atentes a detectar el verdadero intersticio, ese pequeño espacio donde una pregunta puede abrir una grieta en aquello que parecía cerrado.
La discusión no aparece como una batalla para imponer una verdad, sino como una posibilidad de aprendizaje. Desde una perspectiva mayéutica, discutir puede ser también dar a luz una idea del otro. Una conversación puede producir una que ninguno tenía completamente antes de empezar.
El sol empieza a caer, pero el SUM sigue lleno. Las sillas continúan ocupadas. El piso todavía está cubierto de humanidad. Afuera, seguramente, la universidad seguirá con sus ruidos habituales. Pero ahí dentro algo cambió en quienes presenciaron la charla, las palabras de los expositores dejaron en claro lo necesario que es formar redes, intercambiar con el otre.
La pregunta inicial sigue sin respuesta: ¿podrá la comunicación salvar al mundo? Tal vez nadie pueda contestar de manera definitiva. Quizás la comunicación no tenga que salvar al mundo.
Quizás tenga que hacer algo más pequeño y, al mismo tiempo, más difícil: volver a acercarnos al que tenemos al lado, recordarnos que dependemos de otros y enseñarnos a preguntar antes de aceptar aquello que parece evidente. Tal vez salvar el mundo empiece, simplemente, por recuperar el nosotres.
Autoras: Daniela Franzzini y Victoria Blanco
Estudiantes de Comunicación Social








