¿Podemos reconocer aquello que nunca sucedió? ¿El ojo humano está lo suficientemente entrenado para detectar aquella información que genera la IA? ¿Cómo podemos detectar noticias falsas en internet? ¿Que potencialidades traen consigo el avance tecnológico? Ana Laura García Luna nos invita a pensar en cómo desempeñar el rol del comunicador en tiempos en los que discernir la realidad de la ficción es una tarea que requiere más cuidado que nunca.
Una genealogía que comienza con una imagen del Papa mientras pasea con un camperón que le llega hasta los tobillos y desemboca en un video de Caputo que dispara una escopeta en la casa de gobierno, le permite a Ana Laura Garcia Luna extender su conocimiento de causa. Ella es periodista, magíster, profesora de grado y posgrado en nuestra facultad, y está especializada en comunicación, educación y tecnologías. Hoy en día es parte de la Red Latinoamericana de Formadores en Fact Checking, y se dedica a la formación de estudiantes y profesores de periodismo y comunicación desde Chequeado, al enseñar y promover una utilización responsable de la información para frenar la difusión de fake news. El viernes, Laura dió el presente en el XXVIII Congreso de la Red de Carreras de Comunicación y Periodismo que se realizó en la Fcpolit con el taller “Del posteo viral al ávatar: las nuevas caras de la desinformación”.
Hace tan sólo unos pocos años era fácil distinguir un vídeo generado por inteligencia artificial, de uno grabado por una cámara al capturar la realidad. La representación de la vida humana que brindaban las IAs era extraña y llamativa. Resultaba sencillo detectar el delay entre los labios y la voz o algún ojo que se iba de su órbita. En las imágenes, manos con dedos adicionales, demasiados dientes u otras rarezas corporeas indicaban su falsedad. Hoy, quizás por el trabajo gratuito, minucioso y esclavo (como el de las hormigas) que hacemos las personas para entrenar estos modelos de lenguaje, se han vuelto expertos en copiar y reproducir la realidad pero modificada, para adecuarse a discursos específicos. Tanto es así, que durante el taller, algunos afirmaron la falsedad de una imagen real que Laura García Luna había mostrado tras la pregunta: ¿es IA?
La lógica de “ver para creer” que funcionaba como verificador universal, se rompe con el uso de las inteligencias artificiales. El contrato implícito de lectura es modificado porque el ojo humano comienza a dudar sobre la veracidad de lo que está viendo. “Hoy podemos leer, ver y escuchar cosas que nunca pasaron”, afirma la expositora. Todo es posible, todo puede ser creído si se adecúa a una línea de pensamiento que conforma. ¿Cómo se produce la apropiación de esa información falsa, quizás grotesca, obvia para algunos, pero real para otres? Los ejemplos propuestos en el taller, evidencian que para los consumidores de este tipo de información no importa que el contenido haya sido generado por inteligencia artificial, sino que represente su propia forma de ver el mundo.
Guerra, salud, catástrofes ambientales y política son los ejes principales que desatan centenares de videos e imágenes falsas. Estos temas tocan fibras íntimas en este momento de la historia y generan un círculo interminable de difusión ficticia y exagerada. En este sentido, la expositora determina que la desinformación cala hondo en la percepción individual ya que apela a las subjetividades más significativas. Estos contenidos, cuantas más intenciones tienen de ser absorbidos por la consciencia de sus lectores, más apelan a la confusión, paranoia, alivio o repulsión. Muchas veces acompañados de una avalancha de odio que agarra velocidad por los cientos, miles o millones de personas que interactúan de alguna manera con ese contenido falso. Al construirse desde la polémica su viralización está asegurada.

Avatares y Deepfake: Las nuevas caras de la desinformación
Ana Laura recuerda, junto a otros talleristas, que en su casa no tenían teléfono fijo. Que la aparición de internet auguraba algo mejor: una idea de aldea global conectada en las que se ha democratizado el conocimiento y los discursos. Que ese avance tecnológico se había dado paulatinamente, extendido durante varias décadas, hasta llegar al día de hoy. El tema que convocó a estudiantes y profesores a reunirse en aquella sala del REDCOM, se desarrolló monstruosamente durante menos de diez años y trae una perspectiva un poco más distópica. Las fake news fueron abonadas por las IAs y crecieron como malezas. Tanto así que nuevas categorías aparecen para llamar a estas técnicas para difundir información falsa.
Una de ellas es la Deepfake o “falsedad profunda”. Se trata de un video (o cualquier pieza audiovisual) que fue manipulado a través de una inteligencia artificial para mostrar a una persona real haciendo o diciendo algo que nunca hizo. La capacidad de mímesis humana es tal que representa una amenaza para la convivencia global. Estos videos surgen, como tantos otros, en momentos frágiles y conmocionantes. Se ha utilizado como arma, por ejemplo, en la guerra de Ucrania, en la que el mismo presidente ucraniano manda a deponer las armas en la frontera con Rusia. Pero dicho acto, nunca había pasado.
Los avatares, por otro lado, se presentan como identidades virtuales que se desarrollan como personas reales a través de las redes sociales. El ejemplo más característico es el de Doña María, una mujer inventada que convoca atributos brasileños para oponerse al gobierno de Lula. En este caso, Ana Laura comenta que, si bien la personalidad fue regulada por el gobierno y todas sus redes sociales fueron eliminadas, sus videos siguen circulando en internet y en los comentarios se deja entrever que aunque los receptores sepan que es falsa, al condensar su propia ideología política, sigue funcionando como catalizador del enojo.
El rol del comunicador en un mar de desinformación
Nos encontramos ante una construcción de narrativas desinformantes, donde encontrar la ruta correcta para llegar a la fuente original de un dato proporcionado por las inteligencias artificiales se vuelve cada vez más difícil. Se elimina la posibilidad de saber de dónde salió, quién lo registró y que modificaciones tuvo con respecto a la fuente original. En este contexto tan confuso, los periodistas y comunicadores tienen que ser responsables con la información que manejan. ¿Qué nos puede decir Laura García Luna al respecto? Que hay que tener más cuidado que nunca. Ante una noticia que parece irreal y exagerada, hay que volver a confirmarla a una fuente tradicional. Pensar en el contexto en el que se publicó, para quienes está dirigida y sobre qué pilares se sostiene esa noticia.
“Hay algo que tiene que ver con el trabajo periodístico que sigue siendo humano” determina la expositora y todos alrededor asienten ante esta afirmación. No hay que dejar en manos de un modelo de lenguaje la veracidad de los hechos, jamás utilizar como fuente una chatbot sino dirigirnos a las fuentes confiables, verificadas en su totalidad. En este contexto, no alcanza con el sentido común.
Las cinco preguntas del periodista quedan viejas ante tantas otras que surgen para seguir analizando la realidad. ¿En qué contexto se produce una información? ¿A quién está dirigida? ¿Qué emociones busca despertar? ¿Qué intereses intervienen? Queda expuesto de este modo, que los profesionales de la comunicación deben capacitarse a la par del avance de la tecnología, y recuperar lo que sólo puede germinar en la mente humana.
Autores: Lara Melodía y Agustín Brondino
Estudiantes de Comunicación Social
